El loco simpático finalmente regresó. Anduvo mirando y escuchando. Se mordisqueó
toda la Gran Manzana hasta el palito. Anduvo de charla larguísima con Mark
Levinson comida china de por medio y logró interpelar, en más de un sentido, al
Mismísimo George.
Uno de estos días voy a convencerlo de que escriba algún articulito; tiene una
manera definitivamente divertida de exponer las cosas.
El asunto es que dentro de la vorágine de Genesis, Conrads, Red Roses, Pipe
Dreams y toda la parafernalia consabida que puebla el relato, por supuesto
apasionado, de las peripecias de un audiófilo en "extranjeria", se le fueron
cayendo, primero distraídamente, para finalmente hacerlo consistente y
reiteradamente; se le fueron cayendo digo, dos palabritas. Mas vale dos
conceptitos.
El primero: baja distorsión, es decir, poca de esa cosa mecánico-dinámica que
producen los parlantes cuando sus bobinitas se escapan de los parámetros
normales de la llamada "excursión lineal" y que nuestros oídos, esos malcriados
alcahuetes, se encargan de poner en evidencia por más que insistamos en mirar
para otro lado. Cosas del Dios Transiente, de su Amante Vergonzante y su Hijo
Inconfeso: "ataque" y "decai" respectivamente.
Todo esto para no hablar del Armagedón Termodinámico, demonio salaz si los hay,
que insiste en complicar las performances dinámicas de objetos que los Santos
Señores Ingenieros se tomaron el inmenso trabajo de medir en forma estática.
El segundo conceptito, uno largamente olvidado por todo aquel que no disponga de
un par de Quads ESL63 a mano, se llama fase, más fase y recontrafase. Luego,
ésta deriva en coherencia de fase, para convertirse en la quintaesencia de la
verdad revelada.
Nada suena bien, nada nos parece correcto, en el fondo de nuestra almita, si la
cosa no respeta fases y tiempos de arribo.
Todo puede muy bien comenzar con un matete entre la fase del piano y la del
contrabajo, tomados ambos, por supuesto, con diferentes micrófonos a diferentes
distancias; luego puede agravarse con el pequeño sainete de vaya uno a saber que
pasó con la fase relativa, por no hablar de la absoluta, cuando la música se
estrelló contra la consola de "transfer" en el estudio de grabación. Y por
último todo este desastre puede terminar en un minué para monitores y subwoofer
a cargo de un muy desconcertado dueño de casa que no atina a comprender porqué
todo suena como el mismísimo diablo.
Sé muy bien que todo esto suena a ensalada pasada de condimento. Pero es bueno
que así sea. Este es realmente el estado de embrollo en que se encuentra el
Hi-End en nuestros días, tratando de obtener alta performance electroacústica
por un lado y estropeando, por el otro, la esencia misma del fenómeno musical.
Es decir, la fase, y los tiempos de arribo: madre y padre, respectivamente, de
la espacialidad. Todo esto, claro, a precios de barco hecho a medida para
armador griego.
El manoseo es inaudito. Hace pensar en los años en que la asepsia era un
fenómeno desconocido, la fiebre puerperial moneda corriente y los médicos
quedaban desconcertados frente a su paciente muerto cuando, luego de practicar
una autopsia y sin trámite de higiene intermedio, atendían a continuación un
parto.
Por supuesto nada de esto tiene solución. Al menos hasta que la tecnología
digital esté lo suficientemente madura como para corregir digitalmente tiempos
de arribo al momento de la grabación, y a alguien le importe hacerlo, claro. No
creo que la cosa vaya por ese lado.
Más vale será la conjunción de tres elementos ya disponibles:
Estos tres mosqueteros, las memorias no volátiles de estado sólido de alta
capacidad, los sistemas de alto sampleo y el sombroso avance del hi-fi,
enarbolando el estandarte del buen sonido a bajo precio, salvarán lo único
salvable del embrollo inicial: sonido convincentemente bueno a precio
razonablemente bajo.
Las aguas probablemente se dividan, sin que medie Noé alguno, dejando de un lado
a un HiFi asombrosamente escuchable, muy similar a lo que sería hoy Hi End Entry
Level, pero a un precio ridículamente bajo; y por el otro lado un Hi End, con
sus precios intactos, por desgracia, pero con un sonido extraordinario.
Sólo esperemos que todo esto suceda antes de que el vertiginoso progreso del Hi
Fi sea tal que saque la pelota de juego, riéndose en las narices del Hi End con
una calidad de sonido pasmosamente similar, para el oído promedio, y a una
ridícula fracción de su costo. Lamentablemente esto dejaría a ese sonido
extraordinario que todos deseamos y buscamos reducido al nicho de obsesión
insana patrimonio de personajes oscuros con algo de lunático y mucho de
romántico incurable.
E.C.